LEGALTECHSELECCIÓN EDITORIAL

La confidencialidad profesional ante el uso de inteligencia artificial

La inteligencia artificial puede ahorrar tiempo en tareas repetitivas y ayudar a ordenar información, pero en el trabajo jurídico hay un límite que no admite atajos: la confidencialidad. La pregunta no es si la IA “se puede usar”, sino cómo usarla sin poner en riesgo datos sensibles, secretos profesionales y la confianza del cliente.

A lo largo de este artículo analizamos en qué situaciones puede utilizarse la inteligencia artificial en un despacho, qué riesgos reales plantea para la confidencialidad y qué buenas prácticas conviene adoptar para proteger los datos del cliente

La confidencialidad no es un detalle técnico. Es la base del vínculo entre abogado y cliente y no desaparece porque una herramienta sea cómoda o popular.

Por qué este tema importa más de lo que parece

En un despacho, la confidencialidad no es solo una obligación ética o deontológica. Es una necesidad práctica: los clientes hablan con libertad porque saben que lo que cuentan no saldrá de ahí. Cuando introducimos herramientas de inteligencia artificial en el flujo de trabajo —para resumir documentos, redactar borradores o analizar información— aparece una duda razonable: ¿qué ocurre con los datos que introducimos?

La respuesta no es única, porque depende de cómo se use la IA, qué tipo de herramienta sea y qué datos se compartan. Pero sí existe una regla básica que conviene asumir desde el principio: si no controlarías esos datos en manos de un tercero, no deberían salir del despacho.

Qué se considera información confidencial en la práctica

A veces pensamos en confidencialidad como “el contenido del caso”. En realidad, el alcance es más amplio. Puede incluir:

  • datos de identificación del cliente (nombre, DNI, dirección, teléfono),
  • información económica, patrimonial o bancaria,
  • correos, mensajes o comunicaciones internas,
  • estrategia procesal o negociación,
  • documentos de terceros incorporados al expediente,
  • información sensible (salud, familia, menores, antecedentes, etc.).

Incluso un “texto aparentemente inocente” puede volverse identificable si contiene detalles concretos. Por eso, cuando se trabaja con IA, conviene pensar siempre en el peor escenario: ¿podría alguien deducir de qué asunto se trata y quién es el cliente?

Dos maneras muy distintas de usar IA en un despacho

Para abordar este tema con serenidad, ayuda distinguir entre dos usos habituales:

IA como herramienta interna o controlada

Son entornos donde el despacho tiene garantías claras sobre dónde se procesan los datos, quién accede a ellos y qué sucede después. Suelen implicar:

  • soluciones instaladas localmente o en servidores controlados,
  • contratos específicos de tratamiento de datos,
  • configuraciones de privacidad y retención bien definidas.

En este escenario, el riesgo es menor, aunque nunca desaparece por completo.

IA en servicios públicos o generalistas

Aquí se incluyen muchas herramientas accesibles por web o por apps, creadas para público general. Pueden ser útiles para tareas de redacción o resumen, pero su uso con datos de clientes exige extrema prudencia.

El problema no es que la herramienta sea “mala”, sino que el profesional puede no tener control real sobre:

  • dónde se alojan los datos,
  • qué se almacena y durante cuánto tiempo,
  • si los datos se usan para entrenamiento o mejora del sistema,
  • quién podría acceder en caso de incidencias, brechas o auditorías.

La IA puede ayudarte a escribir mejor, pero la responsabilidad de lo que se entrega al cliente o al juzgado sigue siendo tuya, palabra por palabra.

Buenas prácticas para no comprometer la confidencialidad

Sin necesidad de complicarse, un despacho puede adoptar un criterio prudente con medidas sencillas.

No introducir datos identificativos

Si se usa IA para redactar o resumir, es recomendable eliminar:

  • nombres y apellidos,
  • direcciones y ubicaciones concretas,
  • números de expediente, cuentas o matrículas,
  • cualquier dato que permita identificar a una persona.

En muchos casos, basta con sustituir por etiquetas: “Cliente A”, “Empresa B”, “Provincia X”.

Trabajar con extractos y no con documentos completos

Es preferible resumir fragmentos limitados que volcar escritos enteros, contratos completos o documentos con anexos. Cuanto menos se comparta, menor será el riesgo.

Usar la IA para estructura, no para estrategia

La IA puede ayudar a ordenar un escrito, proponer un esquema o mejorar claridad lingüística. Pero conviene evitar que intervenga en elementos que forman parte de la estrategia del caso o de la negociación, porque ahí la información es especialmente sensible.

Revisar siempre el resultado como si fuera ajeno

La revisión no es solo por calidad jurídica; también por confidencialidad. A veces un resumen o una reescritura “devuelve” datos de forma inesperada o sugiere contenidos que no deberían estar en un borrador.

Protección de datos y secreto profesional no son lo mismo

Conviene no confundir dos planos distintos:

  • Protección de datos: regula el tratamiento de datos personales (y exige base legal, minimización, seguridad, etc.).
  • Secreto profesional: protege la confidencialidad inherente a la relación abogado-cliente, con un componente deontológico y de confianza esencial.

Una herramienta puede “cumplir” con ciertos estándares de protección de datos y aun así no ser adecuada para tratar información cubierta por el secreto profesional si no ofrece garantías suficientes.

Qué puede hacer un despacho pequeño sin complicarse

Si un despacho no tiene recursos para grandes soluciones tecnológicas, puede adoptar una política simple y efectiva:

  • usar IA solo con datos anonimizados o supuestos,
  • limitar la IA a tareas de estilo, estructura o checklists,
  • evitar volcar documentos completos o información sensible,
  • establecer una regla interna clara y cumplirla siempre.

Esto ya permite beneficiarse de la tecnología sin comprometer el núcleo del trabajo profesional.

Una conclusión serena

La inteligencia artificial puede tener un lugar en la abogacía, pero no debe entrar por la puerta de atrás. En un despacho, la confidencialidad no es negociable: es la condición que hace posible el asesoramiento real.

Usar IA con prudencia no es ser anticuado; es ser responsable. Y, a la larga, también es una forma de cuidar la reputación profesional, la relación con el cliente y la esencia misma del Derecho como servicio.


En AbogadosyAbogadas.es seguimos analizando el impacto real de la tecnología en el trabajo jurídico, con una mirada práctica, humana y sin exageraciones.